Álvaro Miranda

Biografía y Semblanza

Biografía

Álvaro Miranda nació en Santa Marta, Colombia, en 1945. Poeta, novelista, historiador, ensayista, editor y director de revistas literarias. Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad de La Salle.Su primer libro de poemas Indiada aparece en 1971. En 1982, en ocasión de recibir el Premio Nacional de Poesía, la universidad de Antioquia edita Los Escritos de don Sancho Jimeno. Su novela, La Risa del Cuervo, escrita en 1983, obtuvo el primer premio en Buenos Aires y fue publicada en el año siguiente por la universidad de Belgrano. Reescrita durante varios años y editada nuevamente en Bogotá (Thomas de Quincey Editores, 1992), es galardonada por Colcultura, con el premio Pedro Gómez Valderrama. Su trabajo ha sido traducido al inglés, al ruso y al catalán. Su obra está concentrada en un constante interés por la conquista española. Es, en el decir del poeta mexicano Marco Antonio Campos, "muy estructurado siguiendo el modelo del Mío Cid antiguo, pero volviéndolo intensa y admirablemente colombiano". Emprende, de esta manera, la vigorosa empresa de la creación, escarbando las raíces históricas de América en un lenguaje que se asemeja al español antiguo y se mezcla con el trópico, manejando con gran habilidad su fina ironía, contagiada del húmedo calor caribeño. Sus rimas reproducen la musicalidad del mestizaje de estas tierras, contándonos episodios ignorados de la historia. Cargada de mucha sonoridad y ritmo, realza la fuerza erótica entretejida en la palabra.


Semblanza

Es posible que quien asume la escritura como un destino, no sepa que esas palabras que él aborda exigen un sentido, es decir, un algo qué decir que supere los caprichos y las necesidades personales de comunicar. ¿Dónde estaba yo cuando al lanzar las primeras letras sobre el papel me llegaba esa dirección que deben tener las palabras?. Estaba como todos, en el lugar de la incertidumbre, en ese lugar que parece un limbo, en ese sitio neutro tan apropiado para las almas infantiles que quieren crecer diciendo cosas con la tinta que se desplaza sobre el papel. Mas, afuera del limbo esta la vida, esa frescura intensa de los días que el trópico hace caer como una catarata de luz sobre la memoria, el olor de un arcoíris que se desplaza sobre el mar, las palabras que desde el mercado saben a coco, pescado frito y frutos de caimito que comienzan a abrirse para su propia podredumbre. Esa era la vida que a mí me correspondía porque estaba atado a otras vidas, a las que habían escogido mis padres por mandatos de tantos antepasados que sobre un territorio del Caribe habían echado sus anclas para ser sedentarios y de vez en cuando levantarlas para arriesgarse a ser nómadas más allá de sus fronteras planas que se internaban en el mar, o se devolvían hacia el sur para toparse en la distancia con una cordillera.


“¡Ajá!”, dice quien comienza a escribir desde la juventud “¿conque ese es mi destino?”, y las palabras salen desbocadas para buscar un rumbo presentido. Una dirección con un norte que se halla en cada lugar preciso que los pasos de ayer caminaron. ¿Por dónde había caminado yo y por qué no dejaba en el olvido los pasos del ayer? Había andado por los lugares donde el viento no podía desbaratar los gritos que en Santa Marta, Barranquilla o Cartagena seguían aun vigentes sobre paredes de cal, techos de paja o de barro, horcones desportillados donde los nietos de los esclavos dormitaban sin sentir el ruido de los autos, perros flacos que se orinaban sobre las puertas de los juzgados o nalgas relucientes de mujeres que tambien exponían sus senos mestizos a la mirada de un vendedor de lotería.


De repente, a los diez años de edad, un "super constellation" de cuatros motores levantó vuelo sobre el aeropuerto de Soledad, en la capital del Atlántico y en dos horas me colocó a mí y a toda mi familia, en el aeródromo de Techo, sobre la Sabana de Bogotá. En medio de un cielo gris y una garúa que limpiaba la memoria de un sol desaparecido en la memoria del temprano atardecer, me llegaban otros signos con los que mis sentidos comenzaban a recibir, en el envés del trópico, la altura andina donde la cordillera fabricaba el frío. La capital del país estaba llena de curas, hermanos cristianos, mujeres de cachetes rosados, pero sobre todo, de un silencio que murmuraba al corazón, otro ritmo en las palabras.


Aleja, la señora de la cocina, llegada de lo más profundo de los Andes orientales, con sus trenzas rígidas y pañolón negro, me llamaba “pato” porque en mi añoranza del calor perdido, bañábamos todos días; el hermano Pablo me vigilaba, lo mismo que con otros muchachos desde su dignidad sotánica en las misas obligatorias de los sábados y domingos. Las palabras adquirían ahora olor a incienso, a rellena de arroz con sangre de cerdo, a galope de caballos funerarios con crespones en lo alto de sus cabezas en la hora de marchar sobre la avenida Caracas rumbo al Cementerio Central donde irían a parar, al lado de José Asunción Silva, los huesos de mi abuelo barranquillero, fabricante de vinos, que no resistió la altura, ni el mar perdido que no podía traspasar en el horizonte cercano, los árboles de eucalipto y sietecueros de la tierra fría.


La nostalgia de la cava de vinos, en el barrio San Roque, donde el abuelo fabricaba con todas las frutas del mercado y que llegaban por el caño de la Ahuyama sobre enormes bongós seguidos por gallinazos imperiales, que habían descubierto bajo bananos y naranjas un pedazo de carne fermentada bajo agrios olores, ya nunca más volverían sobre mis pies aquellos que habían salido en parto en el Hospital de Santa Marta, cuarto de San José, a 50 metros del mar, porque ahora se hallaban anclados sobre los Andes, el lugar donde comencé a conocer a Gonzalo Jiménez de Quesada, el conquistador leproso que hubiera podido ser el mismo caballero Quijada o Quesada de quien Miguel de Cervantes me enseñó a ver con los ojos de la imaginación, como lo sacaba de la cuadrícula de la historia fundacional de un reino a la vida del papel con gestos de locura. Ahora era yo el hidalgo sin sentido, venido a menos y que mi madre me leía por las tardes cuando salía del colegio de los Hermanos Maristas, como el Tom Sawyer, de Marx Twain cuyo mejor tesoro era la piel de gato que escondía sobre las orillas del Mississippi, esas aguas que mi imaginación de niño confundía con el mismo río Magdalena donde alguna vez se extraviaron los mismos hombres del loco de Quesada cuando buscaban la tierra bogotana de los muiscas, para años después refundirse en excavaciones de tierra en los llanos Orientales, para encontrar el tesoro oculto de El Dorado como si se tratara de la piel de un gato muerto. A partir de ello, de esa historia fabulada, había comenzado a nacer en mi el trabajo periodístico y la crónica histórica para plasmarse después en artículos de revistas y libros de crónícas y biografías.


En el Gimnasio Boyacá, de la carrera 27 con calle 45 A, del barrio Belalcázar, donde iniciaba mi bachillerato, estaba Luis Fayad, quien sin escribir aún Los parientes de Esther, producía, para sus auditorios de las caferías de tintos amargos y cigarrillos Piel Roja, sus poemas como si se tratara de un poeta clandestino del roma. Delante de mí la palabra crecía como una mujer gigante que traía en sus labios, los signos de dos mundos reencontrados: el de allá donde los alcaravanes hacían su altar junto al mar y el de acá donde los copetones se perdían como una hoja más entre los arbusto. Era Holderlin el que permanentemente me preguntaba: “¿Tornan de nuevo las grullas a ti, las naves el rumbo tuercen, van de tus playas en pos? ¿Serenas y ansiadas brisas llegan al plácido mar, y al sol asomando del abismo el delfín, luz nueva inunda su dorso?” El preguntar me llevaba a establecer diferencias con las voces generacionales que me acompañaban a leer y más leer, pero no a escribir porque la digitación de la palabra de esa parte sin historia era mía por quienes del pasado de indios, blancos y mestizos me hablaban, porque no había historia sino plenitud de profundidad azul, porque el mar era la historia que jamás reaparecería como lo sentía Derek Walcott, o como lo presagiaba en el deseo del sueño surrealita de Aime Cesaire o lo conminaba desde el más allá de la imagen que los sentidos le daban a Saint John Perse. Yo no era yo, sino lo que la palabra tejía de mi.


El poeta argentino Enrique Molina fue el primero en establecer lo que significaba como novedad mi poesía: “Toma el acento de un español de crónica antigua. El poeta maneja un idioma paródico con humor, con fuerza expresiva y con gran contenido vital… es una expresión diría, muy rotunda, muy fuerte, hace recodar al Arcipreste de Hita. Los escritos de don Sancho Jimeno es ciertamente una especie de ruptura de lenguaje, de gran originalidad, y la originalidad en la poesía moderna es un valor estético ( Gaceta de Colcultura 6, Vol. No 41, 1983, p. 14). A medida que los comentarios crecías porque me había salido de los marcos tradicionales, como de igual modo lo hacían mis dos novelas, La risa del cuervo y Un cadáver para armar, que de igual modo abrían para la crítica pasos en la destrucción de los cánones tradicionales de la escritura, los silencios se hacían más evidentes en la exclusión de mi nombre y mi obra en las antologías a nivel nacional. Sin embargo, no dejaban de aparecer luces para oponerse a la sustracció. En el libro, Omeros de Derek Walcott y Simulación de un reino de Alvaro Miranda, poéticas de la deconstrucción del canon publicados en el 2010, auspiciado por la Universidad del Atlántico y la Universidad de Cartagena, sostiene: “…el verso de Miranda acoge las voces de las culturas que se conjugaron para formar la cultura caribeña: el discurso indígena, el discurso español colonial, el discurso de los negros, el discurso de los asiáticos y el discurso de los inmigrantes que llegaron en épocas recientes a la región. Su visión de la lengua del Caribe es sincrética y abarcadora y, por lo tanto, muy rica en los muchos matices”.


Á.M


Reconocimientos
  • Premio Nacional de poesía; Indiada, Los escritos de don Sancho Jimeno.
  • Premio en las Artes y las Ciencias, en Buenos Aires; Novela: La risa del cuervo.
  • Premio Pedro Gómez Valderrama, en Colombia; Novela: La risa del cuervo.
Memoria gráfica